Los señores del Azul

Bajo el polvoriento, ruidoso y apretado mundo terrestre se encuentra un abismo armonioso, silencioso y libre. Sus dueños son los señores del Azul, aquellos que residen en su desconocido hogar desde hace millones de años, cuando el ser humano no existía ni como concepto.
Los habitantes submarinos viven, se alimentan, luchan, se reproducen y mueren desconociendo lo que ocurre más allá de donde se rompen las olas y la espuma blanca acaricia la playa. Son pocos los seres terrestres que se introducen allá donde los rayos del sol mueren y se dispersan tenuemente.

Todo discurre entre una tranquilidad absoluta. El espárido de la imagen superior, picotea el fondo arenoso de relieve ondulado, como si el suelo marino quisiera imitar su techo... y pequeñas olas de arena ocultan pequeños tesoros alimenticios para el pez que sepa encontrarlos.
El naranja intenso de la estrella de mar contrasta con el resto del cuadro. El pequeño equinodermo aparentemente inofensivo es uno de los organismos vivos más voraces de las profundidades. Incluso es capaz de extraer su aparato digestivo fuera de su cuerpo para tragarse mejor a las presas que superan su tamaño. Por eso, al igual que los nudibranquios (buscar artículo en este blog), no le importa llamar la atención. Incluso posee el poder de autoregenerarse en caso de que se fraccione en dos partes o pierda parte de sus patas. Además de ser capaz de reproducirse de forma asexuada, es decir, sin necesidad de la unión de dos sexos. Sólo un depredador ha alterado su desarrollo: el hombre. Todos los demás seres que viajan por sus aguas, los señores del Azul, lo respetan, conocedores de su lenta, pasiva, pero poderosa fuerza.

Algo parecido ocurre con la medusa "ou ferrat" o cotilorhiza tuberculata, la cual navega tranquilamente bajo la superficie con la seguridad de quien ha perdido a su tradicional depredador superior a ella en la cadena trófica: la tortuga marina (ver artículo en este blog) y se aprovecha del desmesurado temor que le tiene el bañista a este invertebrado inofensivo.

Un vuelo de servias, "verderoles"se pasean ante mi cámara guardando distancia, pero curiosas ante la extraña forma oscura que se acerca a ellas para fotografiarlas sin mucho éxito. Su carne blanca y de sabor inolvidable, difícil de describir pero de un sabor fibroso y un punto ácido, es apreciada en el apartado gastronómico especializado en este tipo de carángidos pelágicos.
Mientras el mundo olvidado bajo la gran masa azulada sigue su curso, el homo sapiens seguirá mostrando un desconocimiento casi absoluto, incluso un desprecio crónico a los señores del Azul.
